JUEVES SANTO EN ALCALÁ


Un tambor judío te despierta, acompañado de un dolor de pies de la noche anterior. El sueño te impide levantarte ágil por el cansancio de las bullas y cofradías de los días anteriores, que hace estragos. Aún así te levantas lo más rápido posible, buscando el sol al asomarte a la ventana, esperando un Jueves Santo de plena luz y corriendo sacar la mantilla para lucirla. Así es como amanecería cualquier jueves santo, antes de que esto sucediera. Visita primera a Santiago, a mi Hermandad de Jesús, donde se para el tiempo cuando me postro a los pies del nazareno, donde me siento a solas con Él a pesar de la cantidad de bullicio que lo rodea. Y de aquí a San Sebastián, donde el sol se refleja en la cal dando más luz si cabe al día. Reencuentro con amigos, olor a candelería gastada de la Virgen de la Esperanza y justo de frente, al entrar, la Amargura. Impecablemente preparada para discurrir por las calles cuando pasen las ocho de la tarde. La elegancia medida con exquisitez, ni un clavel blanco fuera de su sitio, ni un centímetro de encaje puesto sin mimo. Y al atardecer, baja la cuesta de San Sebastián, precedida del Señor del Amor, comedida cofradía que, a su vez, derrochan buen gusto y sentir. Esa cofradía de silencio que pasa discreta pero pegándote un vuelco al corazón. La amargura sube por calle herreros y enfila la cañada; despistando la trasera de su palio, ya suben para Santiago los primeros capirotes negros. Así sueño, así sueño que sea de nuevo el próximo Jueves Santo.

Paloma Castillo Gonzalez

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